A lo largo de mi vida he atravesado experiencias muy difíciles: pérdidas, dolor, soledad, relaciones que dejaron heridas profundas y momentos en los que tuve que reconstruir mi vida prácticamente desde cero. No ha sido un camino fácil, y hubo etapas en las que parecía imposible imaginar cómo seguir adelante.
Sin embargo, con el tiempo comprendí algo esencial: una persona puede romperse y volver a reconstruirse. Puede perder muchas cosas y aun así no perderse a sí misma.
Todo lo que he vivido forma parte de la mujer que soy hoy. No quiero presentar mi historia como una historia de éxito en la que todo se supera y queda atrás. Algunas experiencias dejan marcas para siempre. Pero también nos pueden enseñar a conocernos, a recuperar nuestra propia voz y a construir una vida diferente.
Para mí, lo más importante ha sido no permitir que el dolor me convierta en aquello que me hizo daño. He pasado por situaciones que podrían haberme derrumbado, pero sigo aquí, sigo siendo capaz de sentir, de crear, de amar, de ayudar y, sobre todo, sigo siendo humana.
Una parte muy importante de este proceso quedó reflejada en mi libro «Sé de qué color es el cielo en el infierno». El libro no es el final de mi historia ni pretende serlo. Es una parte de mi vida, una parte esencial del camino que me llevó a ser quien soy hoy. En él comparto experiencias y reflexiones que nacieron de todo lo vivido, con la esperanza de que puedan servir a alguien que esté atravesando su propio momento difícil.
Lo comparto aquí porque sé que, cuando una persona está sufriendo, a veces no necesita que alguien le diga simplemente que sea fuerte. Necesita encontrar una pequeña puerta: una experiencia en la que pueda reconocerse, una idea que le haga pensar que todavía existe otra posibilidad, o simplemente saber que alguien más pasó por algo parecido y consiguió seguir adelante.
Si mi historia puede ayudar a otra mujer a creer que también puede reconstruirse y continuar su camino sin perderse a sí misma, entonces compartirla tiene sentido.
He atravesado distintos “agujeros” y en cada etapa necesité herramientas diferentes. Para salir del alcoholismo, mi primer punto de apoyo fueron Alcohólicos Anónimos. Después busqué conocimiento, estudié y exploré diferentes caminos y fuentes de ayuda. Pero siempre hubo algo constante: buscar la fuerza y el centro de gravedad dentro de mí. Todo lo que nos rodea puede cambiar; yo sí puedo responsabilizarme de mis decisiones y acciones. Aprendí que nadie puede conocerte, comprenderte ni amarte tanto como tú misma.



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